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Se nos pide silencio sin usar la palabra silencio; pienso que nos dice chicos, solamente, y con eso entendemos. Cuánto silencio ocupará el aire, que al apoyar la tiza en el pizarrón, ese punto suena.
Suena, y el ruido viaja hasta nosotros y nos dice que ya nos toca: presionando, baja la tiza y hace un rulo a la izquierda para salir a la derecha antes de volver a subir. La voz acompaña: día jueves, dice probablemente.
Es nuestro primer intento pero no sabemos reconocer aún lo esperado de nuestras imperfecciones. Lo hacemos, borramos, lo hacemos y de nuevo no nos gusta.
Algunas promesas del aula, pensamos, ya han pasado la mayúscula. Borramos.
Norma ya camina entre los bancos evaluando con sonrisas a todos los intentos. Los inseguros pensamos que seremos los últimos, o los únicos que nunca lo harán.
¡Ojalá -pensamos a gritos-, ojalá que primero durara siempre, o hasta que lo entendiera!
Al poco rato, su sonrisa nos lo explica: es un juego el firulete de la dé mayúscula.
martes, 4 de marzo de 2008
jueves, 28 de febrero de 2008
martes, 26 de febrero de 2008
Teoría del Autocontrol de todos los Placeres
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Aparecimos esta mañana dos cuerpos tristes blancos muertos, enroscados uno encima del otro.
La otra noche -anoche- habíamos peleado por razones que no eran importantes pero fueron la respuesta que encontramos a ese tema que se olía en el aire justo antes de dormirnos. Recuerdo la lluvia afuera, la lluvia adentro y las palabras que, como las gotas, se sucedían unas a otras cada vez más fuertes y más graves. Recuerdo a mí mismo sentado a sus pies tan quietos que parecía dormida. Recuerdo cómo tratamos -creíamos que tratábamos- de arreglarlo todo, eso: todo, ese todo que era la furia más las ganas de la furia. Algo habría -pienso para mí y se lo digo, cada tanto- contenido en nuestros espacios íntimos, de ella o mío o de nosotros juntos, que estaría pidiendo a gritos ese clima. Lo pienso mucho y siempre siempre espero que salga y pase pronto. Que grite y calle, quiero.
Si cierro los ojos ahora creo verte y ver el marco que formaba la curva que va de mi nariz a mi ceja izquierda en esa escena. Te creo en tus amagues de auxilio; te creo que me buscas con ojos brillantes pero brillantes-tristes. Te creo que me abrazas, que me lloras, que me entiendes un poco.
A: -¿Te das cuenta, nena, de que la vida es tan horrible que hasta cuando uno está feliz sigue sufriendo así?
B: -…
A: -¿Te das cuenta? ¿Eh?
B: -Matémonos, Pedro, matémonos.
A: -…
B: -¿Nos matamos?
(Yo, que siempre sigo su corriente, un poco, con la idea de demostrarle por dónde quedaba su equivocación, consideré la opción de decirle: sí.
Sin embargo, y dada la gravedad de las circunstancias y el grado de trastorno de los participantes, le dije: no.)
A: -No. ¿Cómo nos vamos a matar? ¿Estás loca, vos? ¿Estás loca?
En mis fantasías desperté ese día -que no es este- y empecé a concebir esta idea. En ella sonreíamos los dos, juntos, buenamente juntos, y entendíamos que sí, que en realidad sí era necesario matarnos entonces y juntos y tristes y sabiendo que era el sello de una promesa que de ahora se extendía para siempre, que era nunca y se acababa exactamente en ese instante.
Y así como así, sin saberlo bien todavía, esta mañana aparecimos los dos, y éramos tristes y éramos blancos, y éramos cuerpos y blandos, muertos, y nos sentíamos juntos y viejos y nuevos, así: enroscados uno encima del otro.
Aparecimos esta mañana dos cuerpos tristes blancos muertos, enroscados uno encima del otro.
La otra noche -anoche- habíamos peleado por razones que no eran importantes pero fueron la respuesta que encontramos a ese tema que se olía en el aire justo antes de dormirnos. Recuerdo la lluvia afuera, la lluvia adentro y las palabras que, como las gotas, se sucedían unas a otras cada vez más fuertes y más graves. Recuerdo a mí mismo sentado a sus pies tan quietos que parecía dormida. Recuerdo cómo tratamos -creíamos que tratábamos- de arreglarlo todo, eso: todo, ese todo que era la furia más las ganas de la furia. Algo habría -pienso para mí y se lo digo, cada tanto- contenido en nuestros espacios íntimos, de ella o mío o de nosotros juntos, que estaría pidiendo a gritos ese clima. Lo pienso mucho y siempre siempre espero que salga y pase pronto. Que grite y calle, quiero.
Si cierro los ojos ahora creo verte y ver el marco que formaba la curva que va de mi nariz a mi ceja izquierda en esa escena. Te creo en tus amagues de auxilio; te creo que me buscas con ojos brillantes pero brillantes-tristes. Te creo que me abrazas, que me lloras, que me entiendes un poco.
A: -¿Te das cuenta, nena, de que la vida es tan horrible que hasta cuando uno está feliz sigue sufriendo así?
B: -…
A: -¿Te das cuenta? ¿Eh?
B: -Matémonos, Pedro, matémonos.
A: -…
B: -¿Nos matamos?
(Yo, que siempre sigo su corriente, un poco, con la idea de demostrarle por dónde quedaba su equivocación, consideré la opción de decirle: sí.
Sin embargo, y dada la gravedad de las circunstancias y el grado de trastorno de los participantes, le dije: no.)
A: -No. ¿Cómo nos vamos a matar? ¿Estás loca, vos? ¿Estás loca?
En mis fantasías desperté ese día -que no es este- y empecé a concebir esta idea. En ella sonreíamos los dos, juntos, buenamente juntos, y entendíamos que sí, que en realidad sí era necesario matarnos entonces y juntos y tristes y sabiendo que era el sello de una promesa que de ahora se extendía para siempre, que era nunca y se acababa exactamente en ese instante.
Y así como así, sin saberlo bien todavía, esta mañana aparecimos los dos, y éramos tristes y éramos blancos, y éramos cuerpos y blandos, muertos, y nos sentíamos juntos y viejos y nuevos, así: enroscados uno encima del otro.
jueves, 21 de febrero de 2008
Te necesito (versión septiembre 2007)
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Hey! siento ese olor a conversación
que ya tuvimos cien veces,
y no quiero seguir perdiendo el tiempo con vos.
Te necesito
pero no me acompañás.
(Y yo
tengo esa simple capacidad
para olvidarme de todo el mal
que me hicieron tus caricias,
tus cosquillas.)
Así estoy! Es tan temprano y no aguanto más:
quiero enroscarme en tus besos
y de nuevo volver a ser uno con vos.
Te necesito
pero vos no me ayudás.
(Y yo
tengo esta simple capacidad
para olvidarme de todo el mal
que me hicieron tus recuerdos,
tus inventos.)
Y hoy que no engañás a mi soledad
te extraño más de lo que cualquier
palabra podría decirlo en una canción.
Te necesito
pero no te tengo más.
Hey! siento ese olor a conversación
que ya tuvimos cien veces,
y no quiero seguir perdiendo el tiempo con vos.
Te necesito
pero no me acompañás.
(Y yo
tengo esa simple capacidad
para olvidarme de todo el mal
que me hicieron tus caricias,
tus cosquillas.)
Así estoy! Es tan temprano y no aguanto más:
quiero enroscarme en tus besos
y de nuevo volver a ser uno con vos.
Te necesito
pero vos no me ayudás.
(Y yo
tengo esta simple capacidad
para olvidarme de todo el mal
que me hicieron tus recuerdos,
tus inventos.)
Y hoy que no engañás a mi soledad
te extraño más de lo que cualquier
palabra podría decirlo en una canción.
Te necesito
pero no te tengo más.
miércoles, 20 de febrero de 2008
Monólogo de un aniñado pensador que nunca escribe nada
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Brillan los cantos de las hamacas y ningún niño juega en ellas esta tarde de calor y de sol y de alegría… y de prometedora belleza aquella la de las plantas verdes verdes como la esperanza que florece en las flores pero que también florece en los tronquitos de los árboles plantados en fila con cada uno su palo de escoba al lado como una madre rectora que no le hace falta, y también en las piedras y en los bloques de tierra seca que afea y seca las manos de una manera que sólo a los niños y a vos o a mí podría gustarnos. Yo miro, miro porque igual me gusta lo que se le deja mirar a uno cuando anda triste, porque la naturaleza parece que no se da cuenta mucho de lo mal que anda uno, y yo entonces miro. Miro y veo lo lindo primero que lo feo porque a mí particularmente y creo que a nadie nunca me gustó mucho mirar las cosas feas, y porque hace tiempo descubrí ya que las cosas que se miran y gustan pueden mirarse cien veces tal vez y nunca dejar de gustarse, pero que acaso la ciento una vez esa sí se pierda la belleza que se dejaba mirar. No digo la ciento una como de verdad la ciento uno, pero es una metáfora que espero que se entienda y que se aplica a la variable etérea, debe ser etérea, digo, que provoca que una cosa pueda gustar cien o mil veces y dejar de gustar o no dejar nunca. Yo por ejemplo miro una película y me parece que es hermosa o que es hermosa mente triste o triste mente hermosa y la puedo ver muchas veces y repensar esas muchas todo eso o pensar cosas nuevas y que siga pareciéndome hermoso o triste… pero también si me la cuentan es como ver una película nueva que en realidad no se mira sino que en realidad lo que se hace es meterla directamente en la cabeza, porque el oído pienso yo que debe tener canales directos con la cabeza como centro de control, y por eso cuando nos dicen algo aunque ni estemos prestando atención entendemos que algo de eso nos tensa un hilito del pensamiento que queda tirante hasta la inteligencia o hasta siempre si es que no la hay o no se la despierta en algún caso. Es una sensación como de qué está pasando, como de esto no puede pasarse por alto así nomás porque ya se me metió tan adentro en un segundo nada más que es inevitable sentirlo propio… y así con las palabras dichas al oído, y no busco decir que en secreto sino que al oído, nunca pasa como con las escritas o dichas a la vista o con las imágenes que son bien distintas de las palabras, con ellas no pasa eso de no acordarte de qué era que venían diciéndote, porque siempre existe ese eco como una tensión que te pide: escuchame, escuchame, y que vos no sé cómo le respondés pero para mí es importantísimo escucharlo, y ahí sí, con eso, escribirlo en un papel invisible, sin renglones ni nada, sin margen ni agujeritos ni nada, y escribirlo y ahí sí leerlo cien, no, mil, sí: mil veces. Leerlo hasta entenderlo, para que no se pierda, para que nunca más nada se pierda por el mundo de las palabras que son los pensamientos más difíciles de recordar, o los más simples o los más bellos o los más tristes.
Brillan los cantos de las hamacas y ningún niño juega en ellas esta tarde de calor y de sol y de alegría… y de prometedora belleza aquella la de las plantas verdes verdes como la esperanza que florece en las flores pero que también florece en los tronquitos de los árboles plantados en fila con cada uno su palo de escoba al lado como una madre rectora que no le hace falta, y también en las piedras y en los bloques de tierra seca que afea y seca las manos de una manera que sólo a los niños y a vos o a mí podría gustarnos. Yo miro, miro porque igual me gusta lo que se le deja mirar a uno cuando anda triste, porque la naturaleza parece que no se da cuenta mucho de lo mal que anda uno, y yo entonces miro. Miro y veo lo lindo primero que lo feo porque a mí particularmente y creo que a nadie nunca me gustó mucho mirar las cosas feas, y porque hace tiempo descubrí ya que las cosas que se miran y gustan pueden mirarse cien veces tal vez y nunca dejar de gustarse, pero que acaso la ciento una vez esa sí se pierda la belleza que se dejaba mirar. No digo la ciento una como de verdad la ciento uno, pero es una metáfora que espero que se entienda y que se aplica a la variable etérea, debe ser etérea, digo, que provoca que una cosa pueda gustar cien o mil veces y dejar de gustar o no dejar nunca. Yo por ejemplo miro una película y me parece que es hermosa o que es hermosa mente triste o triste mente hermosa y la puedo ver muchas veces y repensar esas muchas todo eso o pensar cosas nuevas y que siga pareciéndome hermoso o triste… pero también si me la cuentan es como ver una película nueva que en realidad no se mira sino que en realidad lo que se hace es meterla directamente en la cabeza, porque el oído pienso yo que debe tener canales directos con la cabeza como centro de control, y por eso cuando nos dicen algo aunque ni estemos prestando atención entendemos que algo de eso nos tensa un hilito del pensamiento que queda tirante hasta la inteligencia o hasta siempre si es que no la hay o no se la despierta en algún caso. Es una sensación como de qué está pasando, como de esto no puede pasarse por alto así nomás porque ya se me metió tan adentro en un segundo nada más que es inevitable sentirlo propio… y así con las palabras dichas al oído, y no busco decir que en secreto sino que al oído, nunca pasa como con las escritas o dichas a la vista o con las imágenes que son bien distintas de las palabras, con ellas no pasa eso de no acordarte de qué era que venían diciéndote, porque siempre existe ese eco como una tensión que te pide: escuchame, escuchame, y que vos no sé cómo le respondés pero para mí es importantísimo escucharlo, y ahí sí, con eso, escribirlo en un papel invisible, sin renglones ni nada, sin margen ni agujeritos ni nada, y escribirlo y ahí sí leerlo cien, no, mil, sí: mil veces. Leerlo hasta entenderlo, para que no se pierda, para que nunca más nada se pierda por el mundo de las palabras que son los pensamientos más difíciles de recordar, o los más simples o los más bellos o los más tristes.
martes, 19 de febrero de 2008
Imagen
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te recuerdo siempre de pie, con los brazos flexionados de manera que pudieras agarrar las tiras de tu mochila, y con una sonrisa grande casi justo en el medio de una cara muy pequeña, o de una cara normal escondida parcialmente debajo de una boina oscura de un color incierto; aunque los dos son difusos, el color del sombrero es parecido al color del sobretodo largo. Seduce la idea de tu pelo largo medio escondido entre las solapas y la carga que llevas en la espalda. La sonrisa está adornada por un aro en forma de punto sobre uno de tus labios casi finitos, que ahora como entonces me parece que te cubre la cara con un filtro de erotismo. Es viva la imagen ya que tiene movimiento, aunque es este tan precario que podría ser tan sólo un artificio de mi mente o de un niño que juega con una computadora.
Tu recuerdo de esa tarde en la que fuimos compañeros -la única, pero a esta altura casi íntima- es probablemente una mezcla de aquella con cada vez que te he visto; agradezco que hayan sido tantas.
Te quiero. Te quiero. Pedro
te recuerdo siempre de pie, con los brazos flexionados de manera que pudieras agarrar las tiras de tu mochila, y con una sonrisa grande casi justo en el medio de una cara muy pequeña, o de una cara normal escondida parcialmente debajo de una boina oscura de un color incierto; aunque los dos son difusos, el color del sombrero es parecido al color del sobretodo largo. Seduce la idea de tu pelo largo medio escondido entre las solapas y la carga que llevas en la espalda. La sonrisa está adornada por un aro en forma de punto sobre uno de tus labios casi finitos, que ahora como entonces me parece que te cubre la cara con un filtro de erotismo. Es viva la imagen ya que tiene movimiento, aunque es este tan precario que podría ser tan sólo un artificio de mi mente o de un niño que juega con una computadora.
Tu recuerdo de esa tarde en la que fuimos compañeros -la única, pero a esta altura casi íntima- es probablemente una mezcla de aquella con cada vez que te he visto; agradezco que hayan sido tantas.
Te quiero. Te quiero. Pedro
lunes, 18 de febrero de 2008
La historia de mi derrota
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Me estabas contando, antes de que me perdiera, de cómo se conocieron vos y Luisa. Me dijiste que coincidieron por primera vez en Parque Rivadavia y no sé qué más; algo de que ella preguntó por un librito de Pizarnik que vos conocías, pero tampoco tomé nota del nombre ni de algún verso que se comentaron antes de que te convidara con un té que resultó estar bien fuerte. Yo, a esa altura, ya estaba medio perdido en mis cavilaciones sobre la moral y su constancia a lo largo de los siglos (y de las tantas vidas, como experimentos que se van haciendo).
Me contaste, creo, que te quemaste la lengua un poco; pero justo eso es lo que no tiene tanta importancia.
También me quedó grabada la musiquita de una frase que dijiste: papapa – papá – papapapa, que quiso decir algo así como que ella vivía bastante lejos del centro. Yo igual escuché hasta ahí y más o menos, porque un ratito después ya me había perdido en una escena que, esa sí, no me la puedo sacar de la cabeza hasta ahora. ¡Justo vos, que hace tanto que te conozco! Además, que te cortejo en secreto casi desde que te conocí: esa sí es una historia.
¡Pero igual!, que vos la prefieras a ella o a mí no es mi problema, es solamente que yo de verdad creo que me tendrías que querer más a mí. Primero, porque ella es mujer, igual que vos. Y además porque yo realmente te quiero; y ella, no creo.
Ahora no sé bien por qué (aunque un poco me imagino) vos te quedaste callada hace ya un ratito y no paraste de mirarme a la cara un segundo. Yo, por mi parte, estoy enmimismado, dándome cuenta de que me hiciste alguna pregunta, o me pediste algún consejo. Y si me pongo nerviosísimo es solamente porque sé que estas cosas, para vos, son muy importantes, y yo, la verdad, no te estoy escuchando; y cuando te des cuenta te vas a enojar un poco; y yo tampoco tengo ganas ni de discutir ni de contarte todo lo que llegué a pensar mientras charlábamos.
Pero igual me avivo de que me estás mirando a la cara, un poco por esa magia de los sentidos a la que tanto nos acostumbramos, y sé que tu expresión debe estar poniéndose más cuadrada por no entender qué cuerno me pasa, y yo mientras pensando que bueno, que no te enojes tanto porque en realidad tampoco es tan grave, y no sé cómo puedo no decirte que me perdí escuchando toda la historia de mi derrota mientras miraba una tuerca que hay tirada ahí, en el piso, a un metro de tus pies, y mientras pienso que sería una tristeza que se te perdiera así, tan cerca y tan a la vista.
Me estabas contando, antes de que me perdiera, de cómo se conocieron vos y Luisa. Me dijiste que coincidieron por primera vez en Parque Rivadavia y no sé qué más; algo de que ella preguntó por un librito de Pizarnik que vos conocías, pero tampoco tomé nota del nombre ni de algún verso que se comentaron antes de que te convidara con un té que resultó estar bien fuerte. Yo, a esa altura, ya estaba medio perdido en mis cavilaciones sobre la moral y su constancia a lo largo de los siglos (y de las tantas vidas, como experimentos que se van haciendo).
Me contaste, creo, que te quemaste la lengua un poco; pero justo eso es lo que no tiene tanta importancia.
También me quedó grabada la musiquita de una frase que dijiste: papapa – papá – papapapa, que quiso decir algo así como que ella vivía bastante lejos del centro. Yo igual escuché hasta ahí y más o menos, porque un ratito después ya me había perdido en una escena que, esa sí, no me la puedo sacar de la cabeza hasta ahora. ¡Justo vos, que hace tanto que te conozco! Además, que te cortejo en secreto casi desde que te conocí: esa sí es una historia.
¡Pero igual!, que vos la prefieras a ella o a mí no es mi problema, es solamente que yo de verdad creo que me tendrías que querer más a mí. Primero, porque ella es mujer, igual que vos. Y además porque yo realmente te quiero; y ella, no creo.
Ahora no sé bien por qué (aunque un poco me imagino) vos te quedaste callada hace ya un ratito y no paraste de mirarme a la cara un segundo. Yo, por mi parte, estoy enmimismado, dándome cuenta de que me hiciste alguna pregunta, o me pediste algún consejo. Y si me pongo nerviosísimo es solamente porque sé que estas cosas, para vos, son muy importantes, y yo, la verdad, no te estoy escuchando; y cuando te des cuenta te vas a enojar un poco; y yo tampoco tengo ganas ni de discutir ni de contarte todo lo que llegué a pensar mientras charlábamos.
Pero igual me avivo de que me estás mirando a la cara, un poco por esa magia de los sentidos a la que tanto nos acostumbramos, y sé que tu expresión debe estar poniéndose más cuadrada por no entender qué cuerno me pasa, y yo mientras pensando que bueno, que no te enojes tanto porque en realidad tampoco es tan grave, y no sé cómo puedo no decirte que me perdí escuchando toda la historia de mi derrota mientras miraba una tuerca que hay tirada ahí, en el piso, a un metro de tus pies, y mientras pienso que sería una tristeza que se te perdiera así, tan cerca y tan a la vista.
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